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Soñando en cine

Última actualización: 22/11/2011 08:35
J. J. Conde
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    Me acuerdo de cuando yo era chico, que armados con nuestros aros de hierro y sus correspondientes maniguetas y como si de vehículos a motor se tratara, mi amigo Fernando Barranco, algunas veces que se apuntaba Tete y un servidor nos dedicábamos por las mañanas a hacer un recorrido a modo de ritual por los cines de Isla Chica y el Apolo de verano, para contemplar medio extasiados aquellas carteleras enmarcadas que colgaban de sus paredes blancas y desconchadas. Se anunciaban las películas de “Hoy” y de “Mañana”. Y allí estábamos nosotros –como auténticos críticos de arte-  gesticulando muy serios y dirimiendo a nuestra manera sobre la calidad de lo que teníamos por delante; todo ello, eso sí, aderezado con el mordisqueo a una onza de chocolate. A continuación, y cumplida la misión diaria, regresábamos con cara de satisfacción a la plazoleta de tierra ocre dejando los aros aparcados junto al bordillo de las aceras. Y a soñar, que los sueños no cuestan nada. Que lo que habíamos visto en las carteleras era más que suficiente para echar a volar sobre las minas de un rey que se llamaba Salomón, o a los frondosos e inmensos bosques en donde habitaba un tal Robín, o mismo a estar un ratito encaramado a las ramas con la compañera de Tarzán.

Me acuerdo de cuando yo estudiaba en los Maristas de la calle San Andrés, que lo único que verdaderamente deseaba y con vehemencia durante toda la semana era que llegara el domingo. Porque el domingo, aparte de la sagrada misa de las doce, suponía vestirse con las mejores galas, ya en el atardecer, y en la unión de Ramón Soriano, Antonio Navas, Garrido y Pablo Abad arrullar en plan galanes de Hollywood a aquella despampanante rubia –hija de panaderos- que junto a sus cuatro o cinco amigas se mostraba como la Brigitte Bardot de la Rue de San Sebastian. Emparejados o no, siempre escogíamos el Rábida o el Gran Teatro. Para lo que queríamos: rozarnos los brazos o los dedos de las manos amparados en la generosa oscuridad de estas salas, eran cines especiales. Mientras, al fondo, Glenn Ford cabalgaba al trote sobre un alazán camino de un tremendo Apocalipsis. Que no le iba a la zaga la parca, enarbolando una terrorífica guadaña y sabedora de su triunfo a la corta o a la larga. ¡La guerra! Y la paz, en el momento en que Audrey Hepburn asomaba su cara de ángel y la pantalla se iluminaba por entero. Claro que con la Jane Powell puesta en ese portalón de madera aguantando a los Pontipee en “Siete novias para siete hermanos”, ya casi se acababa el que la Bardot y sus amigas se interesaran por los juegos prohibidos. Y es que los saltitos que estaba dando el dichoso pelirrojo parecía que las tenía poseídas.

Me acuerdo de cuando yo apuntaba “buenas maneras”, según escribía en el viejo Odiel el gran Ricardo Bada, que en una de esas tardes lluviosas y con viento que nos regalaba Huelva de vez en cuando, me largué solo al Gran Teatro ataviado como Antony Perkins: los pantalones de pitillo dejando asomar un poco los calcetines, un chaleco de cuello vuelto y una chaqueta gris con las hombreras caídas… Ni que decir tiene que iba con prisa, pues intuía que esta ocasión era la mía ¡y no la podía dejar escapar! (Esa misma noche esperé, con los nervios a flor de piel y sin dejar de atusarme los cabellos, asomado al ventanal del caserón, a que alguien como Marion Crane decidiera quedarse en el motel y darse una ducha…) Otra tarde, pero ésta ya tocado por la bendita brisa marinera, me planté, también solo, en el Palacio del Cine. Y más que sentado en la butaca del anfiteatro, estirado a todo lo largo pude contemplar una de las más hermosas historias de amor que hayan surgido nunca del celuloide: “West Side Story”. En el papel de Richard Beymer me veía, naturalmente. Canturreaba sin pudor alguno por las calles “María” o “America” y me creía a pie juntillas que era un integrante de los Jets. Cómo me tocaría el ánimo esta película que trasladé sin dudarlo la trágica historia de Nueva York a la Isla Chica; puesto que en esos tiempos los alrededores del descampado que conformaba “la pista” los controlaba una banda del mismo talante que la de los Sharks: la banda del “Mau-Mau”, con la que manteníamos continuas disputas y cuyas refriegas las escenificábamos sin miramientos llegando hasta los terrenos de la Florida. Y es que en esa banda había una muchacha morena tan bonita…

(Foto: cartelera exhibida para vídeo)

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