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Un mundo sin ideas

Última actualización: 05/04/2013 11:39
María Ibáñez y Jesús Jiménez
María Ibáñez y Jesús Jiménez
PorMaría Ibáñez y Jesús Jiménez
María Ibáñez Goicoechea, Psicoterapeuta, Diplomada en Enfermería Universidad de Granada, y Jesús Jiménez Cascallana, Psicólogo Universidad Complutense de Madrid, Especialista Europeo en Psicoterapia Clínica y Educativa....
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     Las ideas no deben ser más importantes que la realidad, y cuando decimos “las ideas” nos referimos a cualquier concepto, convicción, creencia, ideología, conclusión o interpretación de cualquier aspecto de la realidad. Las ideas son útiles en cuestiones prácticas, como aproximaciones a la realidad, como mapas de la realidad. Pero no debemos olvidar que las ideas son una traducción, más o menos fidedigna, de la realidad.

El ser humano, en su afán por buscar seguridad, es decir, huyendo del temor, se aferra a ideas, a creencias, y trata de que estas ideas prevalezcan sobre la realidad. Esto en sí mismo ya es una fuente de sufrimiento, al que se le puede añadir que muchas de esas ideas, en las que se basa para vivir, son completamente erróneas. Y aunque en esta ocasión no profundizaremos en los numerosos casos en los que se defienden ideas en las que en realidad no se cree, sólo por obtener algún tipo de recompensa, señalar que este comportamiento también surge de la búsqueda de seguridad, es decir, de la huida de algún miedo.

Para todo aquello que comprendemos profunda y claramente, no son necesarias ningún tipo de idea, podemos explicarlo, describirlo de diversas maneras sin basarnos en ninguna idea o conclusión, sino en nuestra clara comprensión del hecho.

De esta manera, las ideas surgen para cubrir el hueco de algo que desconocemos o no comprendemos, son una muleta para dar respuesta a un problema que no sabemos resolver. Desgraciadamente, estamos saturados de estas ideas, pues nuestra ignorancia es enorme; y mientras no seamos valientes y pongamos en duda nuestras ideas, no saldremos de la ignorancia ni alcanzaremos una felicidad duradera.

Las ideas a las que nos referimos abarcan desde las creencias religiosas, más fáciles de identificar, hasta las innumerables ideas sobre la vida, el ser humano, la muerte…, más sutiles y que en muchos casos yacen ocultas en nuestro trasfondo personal, y que son los verdaderos motores de nuestro comportamiento diario. Muchas personas no revisan su mundo de ideas, e incluso creen que no las tienen porque no piensan en ellas desde hace mucho tiempo, pero en realidad las ideas están, sólo que no son conscientes de ellas. Un ejemplo de esto es el sentido de la vida, aunque no se piense en ello, todas las personas damos un sentido a nuestra vida basándonos en lo que creemos que la vida es, lo que nos puede aportar, lo que podemos y no podemos esperar de ella, lo que creemos que somos capaces de hacer y un sinfín de ideas más.

Nuestras ideas son la base de nuestros pensamientos, nuestros pensamientos son la base de nuestras emociones, y el conjunto da todo ello da lugar a nuestras acciones y al grado de felicidad y sufrimiento que disfrutamos o padecemos en nuestra vida.  Poner en duda nuestras ideas y descubrir la realidad es fundamental para salir de los “callejones sin salida” en los que nos vemos habitualmente en la vida cotidiana.

El inconveniente para poner en duda las propias ideas suele aparecer en forma de malestar,  porque cada idea tapa un hueco de ignorancia, y la ignorancia nos produce mucha inseguridad. En ese caso lo mejor es enfrentar la inseguridad,  para no mantenernos en el error y la ignorancia, que son la fuente de todo sufrimiento.

Vamos a analizar el caso, por poner un ejemplo, de alguien a quién le molesta que le interrumpan cuando habla. Este hecho implica una emoción de malestar cuando sucede, que se puede traducir en ira hacia el otro, ira que puede ser manifestada o no, rencor si se reprime la ira, auto-crítica… Todas estas emociones generaran sufrimiento. Los pensamientos que tendrá esa persona serán del tipo «que maleducada es esta persona», «cuando ella habla yo le escucho», «no consigo decir cosas interesantes»… o similares, y que propiciarán las emociones anteriormente descritas.

Si acudo a las ideas que avalan aquellos pensamientos, puedo descubrir sentencias como «cuando alguien habla hay que escucharle», «interrumpir es de mala educación», «yo siempre escucho a los demás»…, ideas generales que no son ciertas, la vida tiene situaciones muy variadas y ninguna sentencia de este tipo puede ser aplicable a todas las situaciones. Si revisamos aún más, veremos que subyacen otro tipo de ideas más relacionadas con emociones, como «que te interrumpan es un desprecio», «si no interesa lo que digo es que no valgo», «si no me prestan atención no me quieren»… Tampoco estas ideas son ciertas, pues puede haber un sinnúmero de razones para que no nos escuchen. Puede que alguien no nos escuche por tratar de menospreciarnos, pero no podemos afirmar que siempre que no nos escuchan sea por este motivo. En todo caso, el problema no será que esa persona no nos escucha, si no cómo resolver lo que uno siente cuando así ocurre.

Para comprender mejor el mundo que nos rodea y a uno mismo, para afrontar los retos de la vida y llevar una vida satisfactoria, es fundamental desvelar las ideas erróneas que albergamos en nuestra mente.

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María Ibáñez Goicoechea, Psicoterapeuta, Diplomada en Enfermería Universidad de Granada, y Jesús Jiménez Cascallana, Psicólogo Universidad Complutense de Madrid, Especialista Europeo en Psicoterapia Clínica y Educativa. Investigadores, escritores y conferenciantes. Son un matrimonio cuyo principal interés es ofrecer una vía de solución a los conflictos, personales y sociales.
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