Sociopolítica

Gómez de Liaño versus Elpidio Silva

Alguien prodigaría, en esta España inculta y maniquea, la enorme diferencia entre los dos. Cada cual tiene sus “lares” y “penates” que suelen chocar estrepitosamente con aquellos del vecino. No voy a negar el derecho a la discrepancia, e incluso oposición, pero anhelaría algo de sensatez, de imparcialidad (quizás coherencia), en las varas de medida. Acopiando información, advierto las diferentes pasiones que despiertan uno y otro caso. Me desconcierta comprobar cómo, con parecidas premisas, pueden recorrerse veredas antagónicas. Se conceden loas o censuras absurdas, sin fundamento, por obra y gracia del sectarismo; ese antojo tornadizo, segregador e insolidario. Anteponemos la discordia al entendimiento. Hemos afirmado con rigidez una llamada al desaire; a veces, a la provocación arbitraria, irracional.

Javier Gómez de Liaño

Javier Gómez de Liaño. Foto: Gustavo Bravo

Enemigo por igual del panegírico y de la diatriba, para pergeñar estos renglones me mueve sólo la ponderación. Esta sintonía, además de reprimir oscilaciones denigratorias e injustificables, suele producirme gran satisfacción moral. No descarto en mis consideraciones, ni mucho menos, el error fatal. Tampoco cierta querencia hacia un determinado personaje sin que tal distingo afecte, de manera consciente, al prestigio merecido. Hago, al menos, ímprobos esfuerzos para evitar que ambas coyunturas conformen un laberinto de criterios desafortunados y parciales. Confieso los inconvenientes que entraña despreciar atajos mentales, sinecuras (es costumbre) y apegos. Sin embargo, de darse semejantes sumisiones, el talante personal lucha contra ellas y casi siempre vence. Conseguir la objetividad cuesta esfuerzo. Luego reconforta.

Las crónicas judiciales, en poco tiempo, han señalado dos casos parecidos, clónicos. Años atrás, Gómez de Liaño -juez de la Audiencia Nacional- era condenado, tras un juicio oscuro, a inhabilitación perpetua por prevaricador. Posteriormente fue indultado por Aznar. El proceso judicial contra Polanco y el Consejo de Prisa, por un presunto caso de apropiación indebida, fue el detonante. Se hicieron realidad citas como “las cañas se vuelven lanzas” o “los pájaros tiran a las escopetas” (nadie conjeture doble sentido a cuenta de ningún vocablo). Hoy, todavía en fase probatoria, se juzga a Elpidio Silva por prevaricación en el expediente Blesa. Acusado éste de créditos irregulares, delitos societarios, falsedad documental y posible apropiación indebida -similar al caso Sogecable- el juez lo mandó por dos veces a la cárcel. El tema se resolverá de forma idéntica al primero, pero sin indulto.

Ambos sumarios presentan similitudes en fondo y forma, aunque observo matices respecto al tratamiento. Obliga resaltar la notoriedad de los protagonistas. Polanco, junto a Cebrián, encarnaba un poder editorial e informativo por encima de cualquier sigla que ocupase el gobierno. A través de El País, diario con envoltura progre, dirigía a la sociedad inquieta, sensibilizada, dogmática. Sus tentáculos alcanzaban (también incomodaban) a sectores depurados, institucionales. Era, en definitiva, un bocado indigesto. Blesa, titán de luchas fratricidas, superviviente de ríos revueltos, se presenta solo; con el único apoyo de la amistad, socorro inseguro y precario. Provisto de menor vigor que su adjunto, debe conocer graves flaquezas en aquellos personajes cuya voz sea decisiva para procesar a un juez, aparentemente riguroso.

El juez Elpidio José Silva Pacheco

Liaño se enfrentó sin plena conciencia, además de al enorme poder mediático, a sus propios compañeros convertidos en rivales cuando no enemigos encarnizados. El azar tiene respuestas caprichosas. Diversas contingencias unieron sus impulsos para que resultara una horrible tela de araña donde quedaron presos derechos, tiempo y porvenir. Estrasburgo, algo tarde, volvió a tejer de día lo que Penélopes ingratas destejieron con nocturnidad, quizás alevosía. Inventados contubernios para arrojar a las tinieblas una prensa hostil, quedaron convertidos en persecución impía contra un juez que, como mucho, no supo precaver el error humano. Constatar dolo, aspecto básico para prevaricar, es tan complejo como determinar el sexo de los ángeles. Dichosos aquellos con tanta capacidad.

Silva inició la ceremonia utilizando a Blesa de cordero pascual. Señaló qué penitencia espera a quienes hayan introducido sus manos en los fondos públicos. Ciertamente, el intento valía la pena pero calculó mal los daños colaterales. Gran parte de la sociedad agradecerá tan irreflexivo arrojo. Existe mucha corrupción y demasiada impunidad. Nadie devuelve lo sustraído ni paga con la prisión. Pero ningún político admite incontrolados en el sistema, menos si ha de impartir justicia. Por este motivo, y al contrario que con Liaño, la indolencia de los jueces viene superada por las maledicencias de innumerables  voceros del poder. Mientras la secta política y adláteres inmediatos callan, con balbuceos de tímida defensa hacia el juez, toda la prensa sin excepción -incluyendo tertulianos- ayuna de piedad y lindero, hostiga al personaje. Hasta se duda de su equilibrio mental. Me parece un escenario hiperbólico e inclemente. En una democracia existe un único órgano con capacidad de sentencia. Los aportes constituyen un lamentable juego de necios.

Reconozco que las personalidades de Liaño y Silva son opuestas. Una, encaja con lo que acostumbramos a calificar de normal. La otra, si quieren, resulta algo peculiar, atípica. Al juez, le exijo conocimiento de las leyes e independencia no pautas sociales o individuales. Los demás efectos y alternativas quedan en manos del CGPJ. Aparte estos detalles, me asombra la simetría. Quienes ayer refutaban a Liaño con saña hoy respaldan a Silva armados de la misma contundencia, y viceversa. ¿Hay causa o doblez? El amable lector decidirá la sentencia.

Sobre el autor

Jordi Sierra Marquez

Jordi Sierra Marquez

Comunicador y periodista 2.0 - Experto en #MarketingDigital y #MarcaPersonal / Licenciado en periodismo por la UCM y con un master en comunicación multimedia.

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